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Eventos

Superando las brechas en matemáticas básicas: Perspectivas basadas en la evidencia, la práctica y las políticas

ÁBACOenRed estuvo presente en este Webinar organizado por Daara y Mizizi Elimu Afrika (miembro de PAL Network), en el que se compartieron resultados del proyecto piloto multicéntrico realizado en Kenia, Sudáfrica, Nigeria y Camerún en 2025.  

El seminario es parte de una serie de reflexiones promovida por “Pedagogía de Daara Academy”, una plataforma de aprendizaje creada para fortalecer la excelencia pedagógica en las organizaciones educativas y profundizar su comprensión de las prácticas pedagógicas eficaces.  

Esta sesión:  
– Se compartieron los hallazgos sobre el conocimiento pedagógico del contenido que poseen los docentes en la alfabetización numérica temprana, a partir de la evaluación diagnóstica de Mizizi de 2025 en tres condados de Kenia.
– Se presentaron patrones en las ideas erróneas y los tipos de errores de los estudiantes, según estudios de análisis de errores multicéntricos realizados en Kenia, Sudáfrica, Nigeria y Camerún.
– Se examinó la relación entre el conocimiento matemático de los docentes, las ideas erróneas de los estudiantes y el diseño de programas de apoyo docente a gran escala.  

Un poco sobre el contexto que motivó este evento:
En África subsahariana (también en América Latina), millones de niños asisten a la escuela, pero muchos terminan los primeros grados sin las habilidades matemáticas básicas necesarias para tener éxito. Datos recientes ponen de manifiesto un desafío importante: en algunos países, menos de una cuarta parte de los alumnos de los primeros grados alcanzan el nivel mínimo de competencia matemática, y muchos siguen teniendo dificultades con la suma y la resta básicas. Estas cifras evidencian una brecha persistente en matemáticas básicas que exige una acción urgente, coordinada y basada en la evidencia.  

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Reflexiones

La inteligencia artificial y el facilismo en los trabajos escritos

Iván Montes Iturrizaga * Psicólogo y doctor en Ciencias de la Educación

La inteligencia artificial (IA) está ya presente en todas las universidades peruanas. De eso no hay la menor duda; pues, prácticamente, no existe barrera alguna para acceder gratuitamente a chatbots (que responden preguntas y generan contenidos), tales como ChatGPT, Gemini, Claude o DeepSeek. Pues, ahora, solo hace falta contar con un dispositivo móvil medianamente sofisticado para disfrutar de un sinfín de posibilidades.

Asimismo, hoy en día contamos con aplicaciones que hacen uso de la IA y que sirven para una gran lista de tareas, como la edición de textos, la automatización de procesos, la traducción, la organización de tareas y el análisis de datos, entre muchas otros. Así, se publican todos los días cientos de aplicaciones y herramientas de IA, hasta el punto de que ya nos cuesta imaginarnos un mundo sin estos desarrollos tecnológicos. Es más, los países (como el Perú) cuentan ya con instancias gubernamentales dedicadas a acompañar este cambio paradigmático y a dotar a los ciudadanos de herramientas debidamente probadas.

En el marco de lo señalado en el párrafo anterior, por ejemplo, contamos en el país con la Secretaría de Gobierno y Transformación Digital (SGTD), así como un Catálogo de herramientas de inteligencia artificial y otras agencias interesadas en la socialización relevante con estos desarrollos tecnológicos.

Ya en el ámbito educativo las universidades (y unos pocos colegios) se vienen convenciendo de que la IA está vertebrando la vida de los estudiantes, profesores, gestores y las familias en general. Esto ocurre mayormente en las zonas urbanas, con avance un tanto más lento en los ámbitos rurales. De todos modos, es probable que este despertar institucional (para muchos, tardío) esté motivado por los abusos de la misma por parte de sus estudiantes, quienes vieron en estas plataformas la forma más fácil para cumplir con sus trabajos escritos sin tener que hacerlos ellos mismos.

Por su parte, los profesores (y enseñantes en general) se habrían visto sobrepasados por la avalancha de escritos redactados por la IA y con escasa mediación por parte de sus supuestos autores. En otros términos se produjo una involución académica caracterizada por la ley del menor esfuerzo, la falta a la ética y el interés desmedido por las calificaciones en desmedro del real aprendizaje.

Ante esto, se ha ensayado desde la prohibición —que no ha funcionado por razones obvias— a la adquisición de costosos programas capaces de detectar el plagio, con y sin uso de la IA. No obstante, al poco tiempo aparecieron otras IA que prometían hacer tesis, revisiones de la literatura, artículos publicables y discursos, pero de forma indetectable por los softwares antiplagio.

En este marco, cada día se escuchan más voces que proponen optimizar la manera de encarar pedagógicamente las aproximaciones docentes a propósito de cualquier entregable. Así, dejar consignas claras, evaluar formativamente (retroalimentar) los avances y apelar a lo dialógico, para promover (y explorar) la reflexión en torno a las fuentes bibliográficas, en su relación dialéctica con la realidad misma, se convierten hoy en elementos imprescindibles para enseñar «en positivo» a elaborar cualquier producción escrita. Pues, sin una mirada pedagógica que trascienda el clásico «te asigno un trabajo escrito, me desentiendo y lo presentas al final del período», no estaremos más que promoviendo el engaño en todos los niveles de enseñanza.

Al mismo tiempo, debemos de aprovechar los espacios institucionales en general y cada asignatura para promover una cultura del esfuerzo, el respeto y la verdad. Una especie de cruzada que permita señalar los usos adecuados de la tecnología (en este caso la IA) como herramienta útil para casi todas las facetas de nuestra vida en sociedad, pero con la condición de que el «buen uso» siempre tendría que estar vertebrado por la honestidad, el bien común y el propósito de ser mejores personas para contribuir a la solución de los múltiples problemas que nos aquejan.

En síntesis, en estos tiempos de la IA —en cuanto a los trabajos escritos— que tantos dolores de cabeza nos ocasiona, quizá podamos encontrar respuestas pertinentes no en la tecnología en sí misma, sino más bien en una pedagogía sustentada en evidencia empírica.


* Psicólogo Educacional de la Universidad Ricardo Palma y doctor en Ciencias de la Educación de la PUC de Chile. Es Decano de la Facultad de Psicología de la Universidad Continental.

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Eventos

Presentación del Libro “Pensamiento Crítico en Acción: Cooperación Genuina como visión vital_esencial”

El día 13 de marzo (2-5pm) se realizaró la presentación del libro “Pensamiento Crítico en Acción: Cooperación Genuina como visión vital_esencial” en el marco del 15 aniversario de ÁBACOenRed que no solo nos recuerda del tiempo recorrido, sino que nos invita a continuar con la coherencia de una propuesta pedagógica que, apuesta por relaciones horizontales, el reconocimiento de los saberes diversos y la construcción colectiva de oportunidades educativas para el BuenVivir y el BienSer Colectivo.

 

Autoras del libro, "Pensamiento Crítico en Acción: Cooperación Genuina como visión vital_esencial".

Pensamiento Crítico en Acción: Cooperación Genuina como visión vital_esencial

Este libro es el reflejo de la Cooperación Genuina en la práctica. Es el resultado de reflexiones profundas sobre la historia de Cooperación Genuina entretejida con la vida de Herman Van de Velde, su precursor. Refleja sus vivencias en este lado del mundo, también hermoso y digno, de lo que Herman aporta y también de lo que recibe en ese compartir. Desarrolla las bases, la evolución y concreción de la Visión Vital_Esencial Cooperación Genuina, sus aportes y desafíos. Constituye un aporte a la construcción de escenarios educativos contextualizados para la emancipación y dignificación del ser humano, la comunidad y la naturaleza, desde una visión integral y holística, en diálogo con diversas autoras y autores que han ido concretando esta Visión Vital_Esencial Cooperación Genuina a través de los años. Como investigadoras y facilitadoras de ÁBACOenRed, Maribel y Carla, celebran que este libro no sea el producto de una autoría aislada, sino el resultado de un caminar compartido.
Disponible
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Eventos

Seminario: Ciclo de Movilización de Conocimiento sobre Uso de Evidencia en Políticas y Prácticas Docentes

Desde SUMMA y la Organización de Estados del Caribe Oriental (OECS), a través de nuestro Centro KIX LAC, y con el apoyo de la Alianza Mundial para la Educación (GPE) y el Centro Internacional de Investigaciones para el Desarrollo (IDRC), tenemos el agrado de invitarlos a reservar la fecha para el próximo seminario, que se realizará en el marco de nuestro Ciclo de Movilización de Conocimiento sobre el uso de evidencia en Políticas y Prácticas Docentes.

Este encuentro da inicio a un subciclo centrado en la enseñanza en el aula y las prácticas pedagógicas efectivas, en respuesta a las persistentes brechas en los aprendizajes fundacionales en la región. Frente a la distancia que aún existe entre el diseño de políticas y su traducción en prácticas concretas, este espacio busca promover una reflexión, desde la evidencia y las experiencias nacionales de los países KIX LAC, sobre cómo fortalecer la enseñanza en contextos diversos y desafiantes desde una perspectiva regional.

El jueves 30 de abril a las  9:00 hs. (CST / hora de Centroamérica), el seminario se centrará en dos ejes clave para pensar la mejora de la enseñanza:

  • la evidencia sobre prácticas pedagógicas efectivas para mejorar la enseñanza y fortalecer los aprendizajes fundacionales;
  • los enfoques y buenas prácticas para adaptar la enseñanza a contextos altamente desafiantes, marcados por la diversidad, la desigualdad, las crisis y las emergencias.
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Reflexiones

¿Inteligencia artificial, liberación o proyecto colonial? Cinco mitos sobre la IA desmentidos.

Sus defensores presentan la inteligencia artificial (IA) simultáneamente como una solución milagrosa para la economía y una amenaza existencial. Pero toda esa publicidad y grandes declaraciones ocultan la realidad cotidiana, que a la vez es sumamente problemática.

el 26 de marzo de 2026

Desde las alucinaciones provocadas por la IA durante el discurso inaugural del rector de la Universidad de Gante hasta la difusión de imágenes sexualizadas de mujeres y niños, la IA plantea nuevos desafíos y refuerza las desigualdades existentes. Pero, ¿puede la IA también propiciar avances positivos? Kif Kif desmiente los mitos y busca una solución.

Mito 1: El término 'IA' tiene un significado claro.

El término «IA» es de uso común, pero pocos podrían ofrecer una definición clara. Por consiguiente, no existe una definición única y aceptada de IA. Esto dificulta la elaboración de una legislación precisa al respecto. Sin embargo, también facilita que las empresas etiqueten sus productos y servicios como «IA» y hagan grandes promesas sobre sus beneficios (lo que se conoce como «lavado de imagen con IA» ).

La IA es un término general que engloba una amplia gama de métodos computacionales digitales, también conocidos como algoritmos. Estos reconocen patrones a partir de datos y generan un resultado específico. Una característica importante de las técnicas de IA es que utilizan el aprendizaje automático. Esto significa que no es necesario introducir manualmente cómo el algoritmo toma decisiones repetidamente. En cambio, se le puede enseñar a tomar decisiones de forma autónoma.

Inicialmente, por ejemplo, un algoritmo no puede distinguir las imágenes de un perro de las de un gato. Por lo tanto, los analistas de datos humanos primero entrenan el algoritmo etiquetando las imágenes. Con el tiempo, el algoritmo aprenderá a estimar mejor qué imagen contiene un perro y cuál contiene un gato. Sin embargo, no se conocen los criterios que utiliza el algoritmo para aprender a distinguirlos. Por consiguiente, las razones subyacentes de las decisiones de los algoritmos son, por así decirlo, una incógnita. Esto suele ser relativamente inofensivo cuando se trata de imágenes de perros y gatos, pero se vuelve mucho más arriesgado cuando, por ejemplo, se trata de reclutar candidatos para una vacante. Hablaremos de esto más adelante en este artículo.

Mito 2: La IA es objetiva y neutral.

La IA aprende a partir de datos que proporcionan información sobre un entorno específico. Sin embargo, estos datos no son neutrales: reflejan las desigualdades sistémicas y la exclusión en nuestra sociedad. La científica informática Joy Buolamwini denomina a este fenómeno « sombras de poder ». Esto provoca discriminación estructural en el algoritmo, lo que se conoce como sesgo.

El sesgo suele surgir por la falta de datos representativos. En estos casos, los conjuntos de datos no contienen la misma cantidad de datos (de buena calidad) para los distintos grupos de población, lo que provoca que el algoritmo funcione con mucha menos precisión para los grupos subrepresentados. La activista digital canadiense-estadounidense y mujer negra Joy Buolamwini lo experimentó en carne propia cuando su rostro no fue reconocido por el algoritmo de reconocimiento facial, ya que este había sido entrenado principalmente con rostros blancos y masculinos. Tuvo que ponerse una máscara blanca para ser “reconocida”.

También pueden surgir sesgos cuando se incluyen datos sensibles en los conjuntos de datos. Algunos datos se consideran demasiado riesgosos para incluirlos, como el color de la piel de una persona. Sin embargo, otros datos, como la dirección o los ingresos, se incluyen, aunque a menudo sean consecuencia de las desigualdades sociales. Por lo tanto, las decisiones basadas en estos datos también pueden dar lugar a discriminación. Por ejemplo, en los Países Bajos se produjo el escándalo de las ayudas para el cuidado infantil , en el que el gobierno neerlandés utilizó inteligencia artificial para determinar quiénes cometían fraude social. La IA identificó la doble nacionalidad como un factor de riesgo para el fraude social. Como resultado, miles de ciudadanos neerlandeses con doble nacionalidad fueron etiquetados erróneamente como defraudadores y perdieron sus ayudas para el cuidado infantil.

Desigualdad en la percepción y el lenguaje.
El sesgo en los datos, y por ende en la IA, tiene consecuencias no solo individuales, sino también sociales. La IA refleja una visión del mundo occidental, blanca, heterosexual y masculina. Como resultado, se difunden estereotipos racistas , sexistas y homófobos en toda la sociedad. Esto genera desigualdades estructurales en la percepción y el uso del lenguaje.

Por ejemplo, una investigación de la organización sin ánimo de lucro «Queer in AI» muestra que las personas y las identidades queer están infrarrepresentadas en los datos, y que la IA se entrena con textos que contienen discursos de odio. Dicho discurso se difunde posteriormente a través de IA como ChatGPT. Los modelos de IA también parten de un sistema de género binario, lo que contribuye a su arraigo estructural en la sociedad. De este modo, las personas y las identidades queer quedan excluidas e invisibilizadas.

Otro estudio demuestra que las imágenes creadas por IA generan sistemáticamente imágenes racistas y sexistas.

Los investigadores pidieron a la IA que representara a personas en determinadas profesiones. La tabla anterior muestra que la IA representa principalmente a hombres en profesiones bien remuneradas y principalmente a mujeres en profesiones mal remuneradas.
Al analizar el color de piel de las personas representadas, los investigadores observaron que las profesiones mejor remuneradas se asociaban con la blancura, y las peor remuneradas con la negritud. Cabe destacar que la desigualdad mostrada por la IA es incluso mayor que la que existe en el mundo real.
Al observar las imágenes, estos resultados se reflejan claramente. Según la IA, los médicos y abogados son hombres blancos, mientras que las cajeras y las empleadas domésticas son mujeres de color.

Además, los investigadores también solicitaron la generación de imágenes de terroristas. El modelo de IA asoció, en particular, a hombres de aspecto árabe con el terrorismo. Por lo tanto, queda claro hasta qué punto la IA sigue y refuerza los estereotipos.

La desigualdad se refuerza no solo a través de las percepciones, sino también mediante el uso del lenguaje. Dado que muchos idiomas no se incluyen, o apenas se incluyen, en conjuntos de datos como los de ChatGPT, la extinción de algunos idiomas se acelera. No se debe subestimar el impacto de esto. El lenguaje también conlleva ciertos valores, tradiciones y conocimientos. Gran parte del conocimiento sobre plantas locales y procesos ecológicos, por ejemplo, depende del idioma. Cuando se pierde un idioma, también se pierde mucho conocimiento valioso. De esta manera, las normas, los valores y los sistemas de conocimiento occidentales se vuelven aún más dominantes.

¿Una IA libre de sesgos?
Los responsables políticos y las empresas consideran que las soluciones al sesgo en la IA se centran principalmente en mejorar la calidad de los datos para desarrollar una IA “justa” o “confiable”. Sin embargo, investigaciones recientes demuestran que es técnicamente imposible crear conjuntos de datos completamente libres de sesgos y discriminación, incluso en condiciones ideales y aplicando todas las medidas posibles . Aun admitiendo imperfecciones, crear un conjunto de datos de alta calidad sigue siendo muy difícil y costoso. Las empresas ven la protección de datos como un obstáculo para sus beneficios al entrenar modelos de IA. Por ejemplo, las grandes empresas tecnológicas presionaron a la Unión Europea para que aboliera ciertas protecciones relativas al uso de datos sensibles . Por lo tanto, no debemos esperar mucho de ellas en lo que respecta a la lucha contra la discriminación en la IA. En consecuencia, debemos ser muy cautelosos al usar aplicaciones de IA: siempre existe un riesgo real de discriminación, a pesar de las buenas promesas.

Mito 3: El auge de la IA es una revolución.

Las empresas tecnológicas suelen hablar de la revolución de la IA que transformará radicalmente nuestras vidas. Desde una disrupción total de la economía hasta el fin del mundo, estas grandilocuentes afirmaciones sirven para atraer capital y ocultar la verdad sobre la IA. Porque las consecuencias, muy reales (y perjudiciales), de la IA no representan una ruptura con el pasado. Al contrario, la IA está integrada en el contexto social y refuerza las dinámicas capitalistas y coloniales ya existentes. No se trata, por tanto, de una revolución, sino de una evolución.

Por lo tanto, las preguntas que debemos hacernos sobre la IA no se centran principalmente en el contenido técnico, sino en el poder. ¿Cómo se produce la IA? ¿Y quién se beneficia de ella? Kate Crawford, autora del libro « El Atlas de la IA », escribe: «La inteligencia artificial no es solo código o un algoritmo; es un sistema industrial global construido sobre diversas capas de extracción: de energía, mano de obra, minerales y datos».

Mano de obra y datos.
En primer lugar, la producción de IA, al igual que la de muchos otros bienes, requiere la mano de obra más barata posible para maximizar los beneficios. En busca de mano de obra barata para entrenar los modelos de IA, los productores de IA, como OpenAI, contratan a empresas de etiquetado de datos como subcontratistas, quienes a su vez buscan trabajadores de datos autónomos para procesar grandes cantidades de datos para sus clientes. El Banco Mundial estima que entre 150 y 450 millones de trabajadores de datos están empleados en todo el mundo.

Los trabajadores de datos suelen ser personas en situación de vulnerabilidad, principalmente del Sur Global, que luchan por encontrar un empleo estable y, por consiguiente, tienen opciones laborales limitadas. El trabajo de datos para empresas tecnológicas se presenta como la vía para construir una vida mejor. Se les promete autonomía y un buen salario, junto con la idea de que formarán parte de la revolución tecnológica. Sin embargo, la realidad es muy distinta . Los trabajadores de datos reciben salarios muy bajos , trabajan jornadas muy largas y carecen de seguridad laboral, a pesar de la naturaleza intensiva, mentalmente agotadora y compleja del trabajo. De esta manera, las empresas tecnológicas adineradas se benefician de la mano de obra mal pagada del Sur Global y eluden toda responsabilidad mediante el sistema de subcontratación. El testimonio de Oskarina, una trabajadora de datos venezolana que habla sobre el alto costo que implica este trabajo, merece la pena verse en el vídeo a continuación.

Impacto ambiental
La producción de IA tiene un impacto significativo en el medio ambiente. En primer lugar, se requieren recursos naturales baratos para producir IA. Por lo tanto, la extracción de recursos naturales para la IA conlleva violaciones de derechos humanos a gran escala y contaminación ambiental, principalmente en el Sur Global. Por ejemplo, se necesitan materias primas como litio, cobalto y coltán para los centros de datos (grandes edificios que contienen computadoras) donde se ejecuta la IA. La extracción contaminante se lleva a cabo allí en condiciones inhumanas . Recientemente , 200 personas murieron en el derrumbe de una mina de coltán en el Congo.

Además, el desarrollo y uso de la IA consume mucha agua y energía. Según un estudio , cada comando a ChatGPT (o similar) consume medio litro de agua. Por otro lado, un estudio de Greenpeace estima que los centros de datos a nivel mundial consumirán 664 mil millones de litros de agua anualmente para 2028, en comparación con los 239 mil millones de litros de 2024. Esto coincide con la publicación por parte de la ONU de un informe sobre la escasez de agua, que habla de una crisis permanente. En cuanto al consumo de energía, las investigaciones estiman que para 2035, el 20 % del consumo total provendrá de los centros de datos. Se dice que este aumento se debe en gran medida a la IA.

Finalmente, estos centros de datos suelen ubicarse en regiones más pobres, lo que provoca que las comunidades locales sufran escasez de agua, contaminación y un aumento en los precios de la energía. En Chile, Google quería construir centros de datos en una región caracterizada por una sequía persistente, cuyo consumo equivaldría al de toda la comunidad local. En Bélgica, no es casualidad que Google esté construyendo centros de datos en Hainaut , una de las regiones más pobres del país. Mientras tanto, las comunidades locales están empezando a oponerse cada vez más a la llegada de estos centros.

Si bien los ingresos derivados de la IA benefician principalmente a una pequeña minoría en el Norte Global, los enormes costos humanos y climáticos de esta tecnología recaen sobre todo sobre los sectores más pobres de la población, tanto del Norte como del Sur. En resumen, la industria de la IA genera desigualdad económica global de forma similar al resto del comercio mundial dominado por las multinacionales. Por lo tanto, tampoco cabe hablar de una revolución a nivel económico.

Mito 4: La IA nos facilita la vida

Según los expertos en grandes tecnológicas, la IA será una gran ayuda para la gente común. Ya sea que tengas dificultades en la escuela o no encuentres trabajo, la IA estará ahí para ayudarte. Además, completaremos nuestras tareas más rápido, lo que nos dará más tiempo libre. Pero en realidad, los efectos de la IA, además de la naturaleza del algoritmo en sí, dependen del contexto en el que se aplique. Y ahí radica el problema.

Las investigaciones demuestran, por ejemplo, que tres cuartas partes de los reclutadores belgas en el mercado laboral utilizan IA para la contratación de personal y dependen cada vez más de LinkedIn para el reclutamiento. Sin embargo, se desconoce el funcionamiento de los algoritmos de LinkedIn y la discriminación que se produce en ellos. Es muy posible que la IA considere un puesto de trabajo como “masculino” y, en consecuencia, perjudique a las mujeres en la evaluación de los currículos. Por un lado, el algoritmo dificulta aún más la detección de la discriminación. Pero, por otro lado, los propios reclutadores dependen cada vez más de grandes plataformas tecnológicas y algoritmos complejos, lo que reduce su capacidad de decisión y su influencia en el proceso. Por lo tanto, nuestra sociedad se está volviendo cada vez más compleja y dependiente de las grandes tecnológicas debido al uso de la IA. Esto conlleva el riesgo de que las personas y los gobiernos tengan aún menos control y capacidad de decisión sobre los asuntos que les conciernen.

En los debates sobre el uso responsable de la IA, se suele mencionar el principio de intervención humana. Según este principio, las decisiones finales siempre deben ser tomadas por un ser humano. La IA debería ser simplemente una herramienta. Sin embargo, el ejemplo del uso de la IA en la selección de personal demuestra que este principio se topa con serias limitaciones. Al fin y al cabo, las investigaciones muestran que la mayoría de los reclutadores no poseen el conocimiento suficiente sobre cómo funciona la IA. Y esto no es solo una deficiencia individual. La IA suele ser diseñada por los vendedores para parecer neutral y correcta. Como resultado, en la práctica, las personas a menudo siguen ciegamente el resultado del algoritmo en lugar de cuestionarlo.

También debemos preguntarnos con qué propósito se está implementando la IA. ¿Qué problemas resuelve realmente? ¿Ayudará la IA a detectar el fraude social a sacar a la gente de la pobreza? ¿Contribuirá la IA que predice la reincidencia entre los jóvenes a brindarles un futuro mejor? ¿O se trata simplemente de delegar problemas sociales complejos a programas informáticos, principalmente para evitar realizar ellos mismos el arduo trabajo del cambio social real? ¿Podemos confiar en que nuestros políticos defiendan el bien común, prestando atención al racismo y la discriminación?

¿Más fácil o más rápido?
Además, para evaluar el impacto de la IA en nuestras vidas, debemos analizar cómo la utilizamos individualmente. En algunos casos, la IA es claramente útil. Podemos redactar correos electrónicos más rápido o encontrar restaurantes cercanos que nos ayuden a elegir. Pero esta comodidad y el ahorro de tiempo también tienen su lado negativo. Por ello, el antropólogo Brett Scott afirmó : «La tecnología no nos facilita la vida, la acelera».

Podemos tomar nuestro trabajo como ejemplo. A corto plazo, la IA puede ayudarnos a terminarlo más rápido. Pero, paradójicamente, esto no se traduce en más tiempo libre, sino en un trabajo más intenso y alienante. Así como el trabajo manual evolucionó del trabajo artesanal al trabajo en cadena industrial en los siglos XIX y XX, lo mismo ocurrirá con el trabajo intelectual. Consideremos, por ejemplo, el trabajo de programación de un profesional de TI. Mientras que antes escribía el código él mismo, ahora tiene que revisar el trabajo de la IA. Esta disminución en la calidad del trabajo conlleva una sensación de alienación. Como atestigua un joven programador : “Una gran parte del trabajo ahora consiste en corregir el código de la IA. Es algo lamentable: se echa de menos la satisfacción de programar uno mismo”.

La cuestión de si la IA mejorará nuestras vidas va mucho más allá de la comodidad que pueda ofrecer. Se trata de cómo se toman las decisiones, de la participación y de quién ostenta el poder y el control. Y, sobre todo, se trata de cómo se produce el cambio social y qué es lo que realmente mejora nuestras vidas. ¿Es siempre mejor lo más rápido? ¿Es la tecnología la solución a los problemas sociales? ¿O corremos el riesgo de simplemente acelerar la carrera desenfrenada por el consumismo?

Mito 5: Los movimientos progresistas nunca deberían usar IA

Las grandes tecnológicas están haciendo todo lo posible por mantener el control sobre la IA y moldear el mundo según su visión ideal. Las consecuencias para las comunidades racializadas, el clima y los derechos humanos les son indiferentes. Sin embargo, este lado oscuro de la IA no significa que esta tecnología no tenga cabida en un futuro mejor.

Como se mencionó anteriormente, la IA procesa grandes cantidades de información para reconocer patrones y hacer predicciones. En algunos contextos, esto resulta muy valioso. Buenos ejemplos incluyen la predicción de cambios en los patrones de migración animal debido al calentamiento global, la detección temprana de enfermedades como el cáncer y el funcionamiento más eficiente de la red eléctrica .

En un contexto más cercano, la organización belga Strategies & Leaders utiliza la IA para fortalecer la cohesión de los movimientos progresistas . Si bien podemos y debemos cuestionarnos los aspectos éticos de este tipo de uso de las grandes tecnológicas, no debemos rechazar sin más cualquier aplicación de la IA. El uso creativo de las herramientas a nuestro alcance contribuye a lograr eficazmente los cambios que deseamos. Por lo tanto, no todo uso de la IA es negativo.

Sin embargo, es fundamental que la IA se construya y utilice según principios diferentes. Debemos alejarnos de los modelos gigantescos y derrochadores de energía que presuponen que el mundo entero puede ser abarcado con datos, lo que perjudica tanto a la verdad como a nuestro planeta. Debemos evolucionar hacia una IA ecológica . Esta IA se produciría y aplicaría a menor escala, para tareas específicas y contextos culturales bien definidos, teniendo en cuenta las limitaciones inherentes de los modelos de IA.

Un claro ejemplo de esto es la IA de Te Hiku Media . Te Hiku Media es una plataforma de medios para y por el pueblo maorí en Nueva Zelanda. Desarrollaron una IA que ayuda a mantener viva la lengua maorí, que se encuentra en peligro de extinción. El modelo de IA se entrenó con fragmentos de audio hablado y, a pesar del conjunto de datos reducido, mantuvo una precisión del 92 %, superior a la de las grandes empresas tecnológicas. El proyecto siguió el principio de soberanía de datos: los datos siguieron siendo propiedad de la comunidad maorí y solo podían utilizarse con su consentimiento.

Otro ejemplo es Thaura . Dos hermanos sirios desarrollaron Thaura como una alternativa ética a ChatGPT. Según ellos, esta IA consume un 90 % menos de energía que los principales modelos de IA y no pretende ser políticamente neutral ante eventos como el genocidio en Palestina. Su objetivo es ofrecer una alternativa a las grandes tecnológicas y proporcionar a los movimientos progresistas una herramienta ética para organizar la resistencia social. Este proyecto se encuentra actualmente en sus primeras etapas.

Hoy en día, la IA está dominada por las grandes empresas tecnológicas que intentan vender el mayor número posible de aplicaciones de IA, ocultando los costes y peligros reales. Sin embargo, las iniciativas mencionadas demuestran que la tecnología puede desarrollarse y utilizarse de forma diferente. La IA puede ser ambientalmente responsable, respetando nuestros datos y derechos civiles, y velando por el interés público. En resumen, es necesario un control democrático sobre la IA para que podamos decidir si la utilizamos y qué tipo de IA utilizar. Está en nuestras manos hacer todo lo posible para que este futuro se convierta en realidad.

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Esta es una traducción al español del artículo original, haciendo uso del traductor de Google

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Reflexiones

Cruzada Nacional de Alfabetización. Un acuerdo de Vida consciente y su vigencia

En ese momento se está cumpliendo con lo que es un derecho esencial de la humanidad, el derecho al conocimiento. Un ser humano sin conocimiento, sencillamente es esclavo de la ignorancia y si es esclavo de la ignorancia, entonces es esclavo de la explotación. El conocimiento le da poder a los seres humanos, poder para comunicarse, para conocer de la historia, de la ciencia, de la biología, poder conocer de la humanidad.

En el año 1917, un 73% de la población rusa no sabía leer y escribir. En 1939 la Revolución Bolchevique había logrado que el 90% de esa población de 90 millones de personas, lograra alfabetizarse. En el año 1959, 23% de la población cubana no sabía leer y escribir, siendo más afectada la población rural. En el año 1961 la Revolución cubana estaba declarando al país como territorio libre de analfabetismo.

En 1974 cuando países africanos como Angola y Mozambique declararon su independencia, entre 85 y 97% de personas no sabían leer y escribir. Ellos iniciaron sus campañas de alfabetización. En el año 1979, un 50.35% de la población nicaragüense no sabía leer y escribir. En 1980 la Revolución Sandinista logró reducir el analfabetismo la tasa de analfabetismo de un 50.35% a un 12.96%

No existen las casualidades históricas cuando hablamos de transformaciones en las bases de la sociedad. Todos esos datos, son los resultados concretos de programas políticos que planifican el desarrollo humano de un país, colocando la dignidad de las personas en el centro.

En Nicaragua la tarea de aprender a leer, como proyecto nacional se retoma de Sandino. Más allá de leer los libros, con Sandino aprendimos a leer la realidad nacional y mundial desde una mirada de lucha de clases sociales. La pedagogía de Sandino fue retomada en 1960 en el Programa Histórico del Frente Sandinista que en su postulado tercero estableció La Revolución Popular Sandinista asentará las bases para el desarrollo de la cultura nacional, la enseñanza popular y la reforma universitaria.

Atendiendo a esa orientación, 20 años más tarde inició la Cruzada Nacional de Alfabetización en el Pacífico,  Centro y Norte del país y en el mes de septiembre avanzaría a las Regiones del Caribe con materiales en Miskitu, Creole y Mayangna. Hoy 66 años más tarde, el Programa Histórico se continúa materializando en educación gratuita y pertinente, de todos los niveles y en todos los territorios. La pertinencia es esencial porque se refiere a la relación entre los contenidos que se estudian y la realidad de las personas. De eso depende en gran medida que las personas tengan motivación de aprender.

Después de este preámbulo proponemos reflexionar también sobre el sentido cooperativo de la CNA porque eso definió en gran medida su éxito no solo en términos cuantitativos, sino en el alcance de su transformación social.  

Transformar la sociedad pasa necesariamente por transformarse a una mismo/a. Para llevar a cabo la CNA hubo cooperación genuina en distintos niveles; internacional, al consultar y aprender de las experiencias de países hermanos de África y Latinoamérica y de educadores populares de la región.

Cooperación genuina nacional, entre los distintos actores que aportaron de distintas formas; logística, financiera, metodológica, didáctica y por supuesto tres actores centrales: (1) las personas que aprendieron a leer y escribir, (2) las personas que alfabetizaron, y (3) las familias de ambos grupos. Todos ellos protagonizaron un quiebre en la separación entre campo y ciudad, estudiante y campesino/obrero y evidenciaron las distintas condiciones que pueden existir dentro de una misma clase social trabajadora.

Cabe remarcar los roles de las familias. ¿Qué valores promovían las familias de las y los jóvenes que fueron a alfabetizar? No era una decisión fácil dejar ir a los hijos en tiempo de guerra a las montañas. Es meritorio recordar también a los mártires de la CNA. Por su parte, entre las personas que aprendieron a leer y escribir también fue necesaria la apertura y la confianza para recibir en tiempos de guerra a contingentes de jóvenes en la comunidad. Hay otros elementos como el aprendizaje intergeneracional. Estudiaban abuelos con nietos, primos, sobrinos, padres, madres, vecinos. Todo esto sin duda provocó transformaciones que hasta hoy perduran.

A nivel pedagógico, se cambió la forma en que toda una sociedad concebía el aprender. Llevar la escuela a la casa, a la hora que la jornada laboral permita. Aprender con temas y palabras que se comprenden en el entorno. Se construyó una consciencia que permitió integrar valores como la paciencia, el respeto, la solidaridad.

Una persona que está aprendiendo a escribir, igual que un niño aprendiendo, tiene el desafío de colocar el lápiz de forma adecuada. Según testimonios, varias hojas se rompían al intentar escribir. Para un hombre campesino, que está acostumbrado a la fuerza del machete debió ser un reto enorme. ¿Cuánta ternura y cuánta valentía se necesitó para lograrlo?

Después de la alfabetización, llegaron las escuelas y muchas personas que recién habían aprendido continuaron estudiando. En el caso de algunos niños esto significó dejar de ser mano de obra. Por todo esto y muchos más elementos que no se alcanza a mencionar, se podría plantear que la Cruzada Nacional de Alfabetización no es solamente un hecho histórico. Es un acuerdo de vida consciente que podemos reafirmar todos los días, tanto en valores como en acción. Tal como lo dijo un profesional que aprendió a leer en la Cruzada: “El primer momento más importante fue la consciencia de que había aprendido a leer. Lo segundo fue ponerme los zapatos para ir a la escuela”.

 

Fuentes consultadas

Inicio de la Alfabetización en Lenguas en la Costa Caribe

Cruzada Nacional de Alfabetización.

Construyendo escenarios educativos basados en Cooperación Genuina.

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Reflexiones

“La ternura no es debilidad, es una forma de resistencia ética”: Alfredo Agüero Garrido, trabajador social.

Desde el trabajo comunitario en Chile, una reflexión sobre vínculo, acompañamiento y pedagogía en contextos donde muchas infancias han sido invisibilizadas.

Conversación con Alfredo Agüero Garrido

Trabajador Social — Punta Arenas, Chile

Entrevista realizada por Alberto Canseco, Editor Nota Antropológica. 

La ternura no suele ocupar un lugar cómodo dentro del lenguaje profesional. Con frecuencia se la asocia con debilidad, con fragilidad o incluso con una cierta ingenuidad emocional que parecería incompatible con los espacios donde se toman decisiones, se diseñan políticas o se ejecutan programas sociales. En ese imaginario, la ternura queda relegada a un ámbito íntimo o doméstico, lejos de las prácticas institucionales y del campo de las ciencias sociales.

Pero ¿qué ocurre cuando la ternura se piensa como una pedagogía?

Esa es precisamente la pregunta que atraviesa el trabajo de Alfredo Agüero Garrido, trabajador social radicado en Punta Arenas, Chile. A partir de años de experiencia en el trabajo comunitario con niños, niñas y jóvenes, Agüero ha desarrollado lo que denomina una Pedagogía de la Ternura(s): una forma de comprender el acompañamiento social donde el cuidado, la presencia y el vínculo dejan de ser gestos secundarios para convertirse en herramientas centrales de transformación.

Lejos de una abstracción teórica, su propuesta surge del territorio, de la experiencia cotidiana y de la necesidad de nombrar aquello que muchas veces no aparece en los informes técnicos: las historias, los vínculos y los pequeños gestos que sostienen los procesos humanos.

En esta conversación, Agüero comparte algunas de las escenas que han marcado su trayectoria como educador social. A través de ellas emerge una reflexión profunda sobre el lugar de la ternura en el trabajo comunitario y sobre cómo una pedagogía basada en la proximidad, el reconocimiento y la dignidad puede generar transformaciones reales, tanto en las personas como en las comunidades que habitan.

Alberto Canseco: ¿Quién eres hoy? Más allá de tu profesión, ¿cómo te nombrarías a ti mismo en este momento de tu trayectoria?

Alfredo Agüero: Hoy me reconozco como un educador social más reflexivo, alguien que transita el camino del aprendiz: aprender haciendo. Con los años no he perdido la capacidad de asombro, y eso ha sido fundamental en mi recorrido acompañando a lo que llamo infancias fragmentadas.

Conozco el territorio que habito y reconozco la experticia que existe en lo cotidiano. Me considero un facilitador de la Pedagogía de la(s) Ternura(s), porque descubrí que no hay una sola forma de ternura. La construyo desde los pilares del cuidado, la presencia, el acompañamiento y el vínculo.

Hoy también me nombro como un Asombrauta: alguien que ve asombro donde otros ven rutina; que apuesta por los procesos cuando muchos solo miran los resultados. No ejecuto proyectos: habito y acompaño procesos.

Mis herramientas son sencillas —el arte, la música y los zancos—, pero profundamente significativas cuando se trabajan desde la cooperación genuina y el aprendizaje experiencial. Creo que acompañar territorios es más potente que intervenirlos. Allí la ciudadanía se construye con otros, nunca en solitario.

AC: En tu trayectoria aparece con mucha fuerza la idea del acompañamiento. ¿Qué experiencias de tu historia personal marcaron tu forma de entender el cuidado y el vínculo con otros?

AA: Mi trabajo con niños en situación de calle comenzó cuando tenía 17 años. No tenía experiencia profesional, pero sí un deseo genuino de acompañar y estar presente. El juego se convirtió en mi primer lenguaje pedagógico.

Recuerdo que, después de organizar una tarde recreativa con un partido de fútbol —era la primera vez que visitaba ese lugar—, un niño se me acercó y me preguntó:

Oiga, tío, ¿usted va a venir de nuevo?

Hoy sigo regresando. Son otros niños y otros contextos, pero entendí que todo comenzó con esa pregunta. Ese gesto sencillo entendí que fueron sus historias de vida las que me invitaron a quedarme.

Con el tiempo estudié Trabajo Social en la universidad y comencé a cuestionar algunas nociones que parecían incuestionables dentro de la formación profesional. Una de ellas fue el concepto de intervención, especialmente en el ámbito comunitario.

La intervención suele venir desde fuera, como si buscara reparar algo que no funciona. En cambio, acompañar implica reconocer procesos, valorar saberes y escuchar antes de proponer. No se trata de liderar el cambio, sino de facilitarlo.

Ahí comencé a comprender que el trabajo social también podía pensarse desde otro lugar: desde la presencia, el vínculo y la construcción colectiva de sentido.

AC: ¿En qué momento comenzaste a sentir que tu ejercicio del trabajo social no podía limitarse únicamente a lo técnico?

AA: No fue un quiebre repentino. Fue más bien un proceso gradual de toma de conciencia. Con el tiempo fui descubriendo pequeñas fisuras entre lo que decían los marcos técnicos y lo que ocurría realmente en el territorio.

No desperté un día pensando que lo técnico no bastaba. Pero sí empecé a notar que muchas orientaciones institucionales se tensionaban con la realidad cotidiana.

A veces sentía que a la academia le faltaba calle. Había discursos sobre comunidad que no siempre dialogaban con la experiencia concreta del territorio. Cuando los perfiles profesionales y los saberes disciplinares comienzan a atrincherarse, dejan de reconocer la experticia que existe en lo cotidiano.

Recuerdo momentos en que algunos profesionales dejaron de participar en los talleres porque los consideraban espacios propios de los monitores sociales. Esa ausencia también es significativa, porque cuando el profesional se distancia del territorio pierde presencia y capacidad de acompañamiento.

Las normas técnicas son necesarias; orientan y organizan el trabajo. El problema aparece cuando la forma termina reemplazando el fondo. Cuando el procedimiento sustituye al criterio, cuando el formulario desplaza a la conversación y el cumplimiento administrativo sustituye a la reflexión.

Ahí algo esencial se pierde.

AC: En ese proceso de cuestionamiento aparece la idea de la Pedagogía de la Ternura. ¿Cómo surge ese concepto en tu recorrido?

AA: Todo comenzó a partir de una pregunta muy concreta que nos hizo un magistrado. Nos preguntó en qué se diferenciaba nuestro programa de otros que también trabajaban con infancia y tenían los mismos objetivos.

Yo respondí que teníamos una mirada sociocomunitaria y que realizábamos talleres de zancos y arte circense.

Él respondió:

“Entonces ustedes son más recreativos”.

Ese comentario me hizo comprender que muchas prácticas sociocomunitarias no estaban legitimadas dentro de los marcos técnicos tradicionales. Cuando la práctica se aleja del espacio clínico, pareciera simplificarse o perder valor.

También entendí que nosotros mismos habíamos hecho poco por visibilizar y fundamentar lo que hacíamos.

Entonces comencé a escribir. A sistematizar las experiencias y a registrar las narrativas de niños y jóvenes. Muchas veces sus palabras aparecían como frases dichas al pasar, pero tenían una profundidad enorme. Empecé a anotarlas en una bitácora y a transformarlas en metáforas que ayudaban a comprender lo que estaba ocurriendo en esos procesos.

En ese camino me reencontré con distintos autores que hablaban del componente afectivo en los procesos educativos y de acompañamiento: Carlos Cuassianovich, Humberto Maturana, Agustín Barúa y Herman Van de Velde.

Sus planteamientos ponían en el centro la afectividad, la empatía, la presencia y la cooperación genuina.

Ahí comprendí que la ternura no era simplemente una emoción o un gesto afectivo. Era una posición ética y pedagógica frente al otro. 

AC: En el relato que me compartiste en el primer coreeo aparece también una imagen muy significativa: el equilibrio que se aprende caminando en zancos. ¿Qué te enseñó esa experiencia sobre el acompañamiento?

AA: Uno de los aprendizajes más significativos surgió escuchando a Verito mientras ayudaba a un niño a caminar en zancos por primera vez.

Ella le decía:

“Este es un proceso… no hay que parar de moverse.

Encuentra tu propio ritmo para no perder el equilibrio.

Yo estoy aquí acompañándote.”

En ese momento comprendí algo muy importante: el acompañamiento no consiste en dirigir ni imponer el camino. Consiste en estar presente mientras la otra persona encuentra su propio ritmo.

Acompañar implica presencia afectiva, disposición genuina e interés real por vincularnos. Es sostener un espacio donde cada persona pueda atravesar su proceso sin sentirse sola.

De hecho, una frase que repetimos mucho en los talleres resume bien esa idea:

“Aquí nadie va a dejar que te caigas.

Y si te caes, te ayudamos.

Te levantas… y seguimos.”

Ese mensaje se volvió casi un manifiesto de trabajo: no estás solo. Aquí estamos para acompañarte.

AC: En tu propuesta hablas de Pedagogía de la Ternura(s) en plural. ¿Qué cambia cuando piensas la ternura de esa manera?

AA: No fue algo inmediato. Al comienzo yo hablaba simplemente de ternura y de las crónicas del Asombrauta. Pero con el tiempo comprendí que el plural no solo cambiaba la forma de nombrarla, sino también su sentido.

Empecé a hablar no solo de un saber, sino de saberes compartidos. El asombro dejó de ser una experiencia individual para convertirse en una experiencia colectiva.

Cuando comencé a trabajar en el proyecto de mi libro —La Pedagogía Encubierta— entendí que las historias que estaba registrando ya no eran solo mías. Eran el eco de muchas voces.

En ese camino el Asombrauta comienza caminando solo, registrando lo que ve, lo que siente, lo que le duele y lo que le asombra. Va anotando todo en su bitácora.

Pero el territorio le enseña algo importante: el asombro no le pertenece.

Aparecen entonces los otros.

La niña que dice:

“Desde aquí arriba me ven todos”.

El joven que grita al salir del centro:

“No se olviden de mí afuera”.

La joven que vuelve al centro comunitario después de mucho tiempo.

El educador que comprende que el vínculo no termina cuando termina el turno.

Y el colega que resiste en silencio, sin aplausos.

En ese momento comprendí que la ternura no se enseña como una técnica. La ternura se expande cuando se construye colectivamente.

Por eso hablo de ternura(s): porque cada proceso, cada historia y cada territorio le da una forma distinta.

AC: Entonces el asombro también deja de ser individual.

AA: Exactamente. Al principio uno cree que el asombro es propio, como si fuera una mirada personal sobre el mundo.

Pero en el trabajo comunitario uno descubre que el asombro crece cuando se comparte.

El Asombrauta comienza creyendo que camina solo, pero en realidad va descubriendo que su mirada está hecha de muchas otras miradas.

Por eso digo que ya no se trata de mis crónicas, sino de relatos colectivos. Son historias de quienes todavía conservan la capacidad de asombrarse incluso en medio de contextos muy difíciles.

En ese sentido, la Pedagogía de la Ternura(s) no es un método cerrado. Es una forma de habitar el acompañamiento.

Es reconocer que el aprendizaje también ocurre en la conversación, en una plaza, en un taller de zancos o incluso en un silencio compartido.

AC: En tu experiencia, ¿contra qué se posiciona la ternura? ¿Qué estructuras o lógicas interpela?

AA: Desde mi experiencia —primero como educador de calle y luego como profesional— la ternura siempre ha estado presente, aunque hoy la comprendo de una manera más reflexiva y crítica.

Recuerdo que alguna vez me preguntaron cuáles eran los enfoques o modelos de intervención que sustentaban nuestro trabajo. Yo respondí algo que sigo sosteniendo hasta hoy: lo nuestro es simple, pero no simplista.

Es simple porque comienza con algo muy básico: estar presentes. Mirar, escuchar y acompañar. Pero no es simplista, porque esa presencia requiere formación, reflexión crítica y compromiso ético.

La ternura no se improvisa.

Para mí, la ternura se posiciona contra todas aquellas estructuras que vuelven invisible a un niño o una niña. Contra la lógica que transforma historias en expedientes y presencias en estadísticas.

Cuando eso ocurre, las infancias dejan de ser personas para convertirse en cupos, usuarios, ingresos o egresos dentro de un programa.

Por eso siempre recuerdo que antes de un diagnóstico hay una biografía, y antes de un protocolo hay una historia.

AC: En varios momentos mencionas situaciones muy concretas que marcan tu forma de entender el acompañamiento. ¿Hay alguna que haya dejado una huella especial en tu trabajo?

AA: Sí. Hay una escena que siempre vuelve a mi memoria.

Trabajaba en un centro privativo de libertad con jóvenes. En ese espacio realizábamos talleres de zancos y batucada. Un día uno de los jóvenes terminó de cumplir su sanción y salía del centro.

Cuando me vio en la puerta, frente a su familia y a los funcionarios de seguridad, me gritó:

Tío, no se olvide de mí afuera… zancos y batucada.

Esa frase me acompañó mucho tiempo.

Porque en ese momento él ya no pertenecía al programa. Técnicamente su proceso había terminado. Pero lo que nos estaba diciendo era algo muy distinto: que el vínculo no podía terminar simplemente porque lo indicaba un procedimiento administrativo.

Ahí comprendí que la ternura también desafía la norma técnica.

No para negarla, sino para recordarnos que los procesos humanos no siempre coinciden con los tiempos institucionales.

Ese joven hoy acompaña talleres enseñando a otros niños y niñas a caminar en zancos.

AC: En ese sentido, el arte parece ocupar un lugar importante dentro de tu propuesta pedagógica.

AA: Así es. Con el tiempo comprendí que los zancos no eran solo una herramienta artística o recreativa.

Eran una forma de pedagogía encubierta.

Cuando un niño o un joven se sube a unos zancos ocurre algo simbólico: se eleva. Cambia su perspectiva del mundo y también la forma en que el mundo lo mira.

Por eso digo que los zancos elevan la dignidad.

El arte se convierte entonces en un puente entre el encierro y la libertad, entre lo fragmentado y lo posible.

No pregunta cuántas veces caíste. Pregunta cómo te levantaste.

En ese sentido, el arte también es una forma de ternura en movimiento. 

AC: Hablas de lo que llamas infancias fragmentadas. Desde tu mirada, ¿qué es lo que fragmenta hoy a la infancia?

AA: Cuando hablo de infancias fragmentadas no me refiero únicamente a situaciones de pobreza material. Hablo de contextos que interrumpen los procesos de desarrollo, los vínculos y el sentido de pertenencia de los niños y niñas.

La infancia se fragmenta cuando el cuidado se vuelve inestable; cuando los adultos significativos están ausentes, ya sea física o emocionalmente; cuando la violencia se normaliza o cuando el territorio deja de ser un espacio protector.

También se fragmenta cuando existen muchos dispositivos institucionales, pero poca presencia real. Cuando hay programas, pero no comunidad.

A veces la fragmentación aparece cuando las historias se transforman en expedientes. Cuando los niños y niñas dejan de ser sujetos y pasan a ser diagnósticos, cupos o registros de intervención.

Pero también se fragmenta en lo cotidiano: cuando se exigen resultados sin procesos o cuando la competencia se vuelve más importante que la cooperación.

Desde mi experiencia, lo que más fragmenta es la pérdida del vínculo. Cuando un niño siente que no hay nadie disponible afectivamente para sostenerlo, algo dentro de él comienza a romperse.

Sin embargo, incluso en medio de esa fragmentación el asombro persiste.

AC: En tus relatos aparecen escenas muy concretas del trabajo cotidiano. ¿Recuerdas alguna que haya cambiado tu forma de mirar estos procesos?

AA: Sí. Recuerdo un taller de zancos con jóvenes privados de libertad. Uno de ellos —a quien llamaré “Nadie”— se cayó durante el ejercicio.

Le pregunté cómo estaba después de la caída y me respondió algo que nunca olvidé:

De esto se trata la vida: de caerse y volverse a levantar.

Le pregunté por su brazo, porque parecía haberse golpeado fuerte. Él me respondió con una serenidad que me dejó en silencio:

“No se preocupe, tío. La vida me ha dado golpes más duros”.

En ese momento dejé de mirar su mano y comencé a mirar su historia.

Comprendí que detrás de cada caída hay biografías atravesadas por silencios, ausencias y heridas que muchas veces no aparecen en ningún informe técnico.

Anoté sus palabras en mi bitácora. Escribí que sus frases eran como una cartografía social: un mapa donde los tropiezos se transforman en metáforas vivas.

Ahí también entendí algo muy simple, pero muy profundo.

Los verdaderos implementos de seguridad no son las rodilleras ni las coderas.

El verdadero dispositivo de seguridad es el acompañamiento.

Es la ternura.

AC: En varios momentos mencionas el territorio como un espacio central en tu aprendizaje. ¿Qué te ha enseñado el territorio que no aparece en los manuales o protocolos institucionales?

AA: Antes de ser trabajador social, fui educador de calle. Y esa experiencia no fue simplemente previa a mi formación profesional: fue mi primera escuela de trabajo comunitario.

En ese tiempo teníamos una convicción muy clara: nuestro trabajo comienza en la calle. Allí aprendí que el territorio no es solo un lugar físico; es una trama de relaciones, afectos, historias, identidades y memorias.

Recuerdo una frase de Paulo Freire que marcó mucho mi forma de entender este proceso. Él decía que quien trabaja en el campo de la educación popular sabe muchas cosas que la calle le enseñó.

Con el tiempo comprendí que el territorio es el espacio donde el hacer se transforma en saber. El conocimiento deja de ser abstracto y se vuelve situado.

Se construye en el diálogo, en el encuentro con otros, reconociendo sus historias, sus tensiones y también sus posibilidades.

Primero caminé el territorio. Después aprendí a hacer. Y solo más tarde comprendí por qué hacía lo que hacía.

AC: En ese sentido, también mencionas la diferencia entre el mapa y el territorio. ¿A qué te refieres con esa idea?

AA: Con el tiempo comprendí que el mapa no es el territorio; solo lo representa.

El mapa organiza la intervención. Habla de población objetivo, de cobertura, de indicadores. Pero el territorio siempre desborda esa representación.

El mapa dice “usuarios”. El territorio tiene nombres, historias y preguntas.

Recuerdo una vez que un niño me dijo:

Tío, ¿y ustedes por qué no vienen a ayudarnos a hacer algo?

Esa pregunta no aparece en los informes técnicos. Pero en el territorio tiene una fuerza enorme.

Por eso hoy prefiero hablar de acompañamiento territorial más que de intervención comunitaria.

La intervención muchas veces supone llegar con respuestas. El acompañamiento comienza con una pregunta y con la disposición de escuchar.

Ahí el trabajo social deja de ser solamente una técnica y se convierte en una práctica relacional.

AC: En el relato que compartiste en el primer intercambio aparece una imagen muy interesante: la figura de la “Niña sombra”. ¿Qué representa esa sombra en términos sociales, políticos o afectivos?

AA: Esa historia marcó un momento muy importante en mi trabajo y también en el desarrollo de lo que hoy llamo la Pedagogía de la Ternura(s).

Ocurrió durante un taller de zancos. Me acerqué a una niña de 13 años —a quien llamaré “Nadie”— y le dije que ese año participaría con nosotros en el carnaval del barrio caminando en zancos.

Ella guardó silencio un momento y luego me dijo:

Tío… entonces voy a dejar de ser una niña sombra.

Le pregunté por qué se sentía así. Me respondió algo que todavía me conmueve recordar:

Porque a mí nunca me han elegido para nada.

En esa frase aparece algo muy profundo: la experiencia repetida de no ser nombrada, de no ser convocada, de no ser vista.

La sombra representa justamente eso: la invisibilidad social. Es el lugar donde quedan quienes nunca son elegidos, quienes siempre miran desde afuera.

En muchos espacios educativos o institucionales el reconocimiento se distribuye de forma desigual. Los sistemas meritocráticos tienden a valorar el rendimiento, la conducta o la adaptación, dejando fuera a quienes no encajan en esos moldes.

Con el tiempo, ese mensaje se internaliza. Se convierte en una herida silenciosa: “no soy suficiente”, “esto no es para mí”.

No voy a olvidar nunca que durante el desarrollo del carnaval se mostraba contenta y con una sonrisa me dice: “tío de aquí arriba me ven todos”’…

AC: Y en ese contexto el carnaval adquiere un significado distinto.

AA: Exactamente. El carnaval tenía una dimensión simbólica muy fuerte.

Antes ella iba al carnaval para ver pasar a otros. Ese año iba a participar. Iba a ser visible.

No se trataba solamente de caminar en zancos. Se trataba de romper con esa identidad de sombra, de permitir que apareciera una nueva forma de verse a sí misma.

Ese día yo era director del programa, pero decidí estar presente en el taller. A veces se piensa que estos espacios son solo recreativos, algo que corresponde a los monitores o talleristas.

Pero allí ocurren cosas muy importantes.

Son espacios donde los que nunca son convocados pueden dejar de sentirse invisibles.

Cuando terminó el carnaval, “Nadie” levantó los brazos desde los zancos y me dijo:

Tío… desde aquí arriba me ven todos.

Ese momento resume mucho de lo que significa acompañar procesos: ayudar a que alguien deje de sentirse sombra.

AC: En tu trabajo eliges narrar muchas experiencias desde escenas y relatos concretos. ¿Por qué optar por la narrativa en lugar del lenguaje técnico que suele predominar en los informes institucionales?

AA: El informe técnico cumple una función importante: organiza la información, clasifica procesos y permite registrar lo que se hizo. Pero muchas veces se queda en el nivel del procedimiento.

La narrativa, en cambio, permite comprender cómo se vivió una experiencia.

Los niños, niñas y jóvenes habitan en el relato. En sus palabras aparecen emociones, historias y sentidos que difícilmente caben en una matriz de evaluación o en un formulario institucional.

Cuando escuchamos esas narrativas aparecen unidades de significado muy profundas. Son frases dichas al pasar, pero que contienen una enorme carga simbólica.

En ese proceso fui descubriendo que muchas de esas historias podían convertirse en metáforas que ayudan a comprender lo que ocurre en los procesos de acompañamiento.

Por ejemplo, la ternura no aparece como un indicador dentro de los sistemas de evaluación. Tampoco aparece la espera paciente de ese momento en que un vínculo comienza a construirse.

Pero quienes trabajan en el territorio saben que esos momentos existen y que muchas veces son los que realmente transforman un proceso.

AC: Ahí aparece también la figura del Asombrauta. ¿Quién es ese personaje dentro de tu forma de mirar el trabajo social?

AA: El Asombrauta es una forma de nombrar a quien conserva la capacidad de asombrarse en lo cotidiano.

Es alguien que observa el territorio como si fuera la primera vez. Que reconoce que el saber no pertenece únicamente a la academia.

En el trabajo comunitario el aprendizaje ocurre en muchos lugares: en una conversación en una plaza, en un banco del barrio, en un taller de zancos o incluso en un silencio compartido.

El Asombrauta no escribe desde arriba. Aprende desde la experiencia.

Por eso digo que su escuela es la de la práctica reflexiva: el conocimiento surge desde los pies, sube hacia la cabeza y luego vuelve al territorio transformado.

No deja solamente registros de intervención; intenta dejar huellas de dignidad en los procesos que acompaña.

AC: Pero sostener esa mirada dentro de las instituciones muchas veces no es sencillo. ¿Cómo se puede sostener la ternura en espacios donde predominan el control y los procedimientos?

AA: Es una tensión permanente.

Las instituciones necesitan normas, protocolos y evaluaciones. Eso es necesario para organizar el trabajo.

Pero también es necesario generar espacios donde los equipos puedan reflexionar sobre el vínculo, el cuidado y las herramientas que realmente contribuyen a los procesos de transformación.

Por ejemplo:

  • espacios sistemáticos de supervisión reflexiva
  • indicadores cualitativos que permitan registrar procesos y no solo resultados
  • formación en habilidades relacionales como parte de la competencia profesional
  • trabajo transdisciplinario entre profesionales, educadores y talleristas

En contextos altamente normativizados, como los programas de protección o los centros de responsabilidad penal juvenil, la ternura no significa ausencia de normas.

Significa presencia.

Estar disponibles para escuchar, acompañar y sostener procesos que muchas veces son complejos y dolorosos.

La ternura no depende únicamente de la voluntad individual de un educador. También necesita equipos que reflexionen juntos y liderazgos que comprendan el cuidado como una competencia profesional, no como una debilidad emocional.

AC: ¿Consideras que la ternura puede ser un acto de resistencia? ¿Frente a qué se resiste?

AA: Sí, creo que la ternura puede convertirse en un acto de resistencia.

Se resiste, en primer lugar, a la deshumanización del trabajo social. En muchos contextos institucionales los niños, niñas y jóvenes corren el riesgo de transformarse en “casos”, en “plazas”, en “ingresos” o en “indicadores”.

Ahí aparece un primer gesto reduccionista: la persona queda absorbida por el expediente.

La ternura no se opone a la norma técnica; lo que cuestiona es la norma sin vínculo.

Cuando el trabajo se reduce únicamente al cumplimiento administrativo, se pierde algo fundamental: la dimensión humana del acompañamiento.

En mi experiencia con infancias fragmentadas, la ternura resiste también a otras formas de violencia más amplias: el abandono, la estigmatización y la indiferencia social.

Recordar que el otro es una persona —cuando todo parece reducirlo a un número— es un acto profundamente político.

AC: Pero sostener esa postura dentro de las instituciones también genera tensiones.

AA: Así es. Muchas veces aparecen tensiones cuando la práctica desafía lo esperado o lo normado.

Por ejemplo, cuando los programas tienen tiempos definidos de egreso, pero el vínculo con los niños o jóvenes continúa más allá de esos plazos. El procedimiento dice que el proceso terminó; la experiencia humana dice que aún hay historias abiertas.

También ocurre cuando la presencia excede el horario institucional.

Recuerdo una ocasión en que fui a ver jugar un partido a un niño con el que trabajábamos. Ese día no me correspondía trabajar. Cuando llegué, algunos familiares me preguntaron por qué estaba ahí si no estaba en horario laboral.

Les respondí algo muy simple:

“Porque él me invitó”. Y cuando te invitan se responde genuinamente con presencia.

Ese gesto puede parecer pequeño, pero muchas veces rompe con la lógica institucional que limita el vínculo a un turno o a un programa.

La presencia enseña mucho más que cualquier discurso.

AC: En tu relato también mencionas tensiones internas dentro de las propias instituciones.

AA: Sí. En muchas organizaciones existen dinámicas complejas que no siempre se hacen visibles.

A veces aparecen estructuras jerárquicas muy rígidas donde algunos trabajadores concentran poder simbólico dentro de los equipos. Otras veces surgen pactos de silencio frente a situaciones de maltrato o injusticia laboral.

Hay frases que circulan dentro de esas culturas organizacionales y que dicen mucho de lo que ocurre:

“Aquí no hay que brillar.”

“Así se ha hecho siempre.”

“Cuídate de la gente, no de los jóvenes.”

“Muchos no aguantan y se van.”

Cuando esas lógicas se normalizan, el maltrato se vuelve parte del paisaje cotidiano.

En esos contextos sostener una práctica basada en el cuidado, la presencia y la ternura también implica resistir.

Porque la ternura no solo se dirige hacia los niños y jóvenes. También debería formar parte de la forma en que las instituciones cuidan a quienes trabajan en ellas.

AC: Hablar de ternura dentro del campo profesional no siempre es bien recibido. ¿Qué riesgos implica sostener esa idea en el trabajo social contemporáneo?

AA: A veces la ternura se interpreta como una debilidad o como una falta de rigor técnico. Se piensa que lo profesional debe mantenerse distante, neutral, casi desprovisto de emoción.

Sin embargo, cuando hablo de ternura estoy hablando de presencia, de acompañamiento y de vínculo.

En instituciones centradas en el control, esta mirada puede generar incomodidad. A veces incluso puede situar a quien la sostiene en un lugar incómodo dentro del equipo: “demasiado sensible”, “demasiado involucrado”.

Pero el verdadero riesgo quizá no sea hablar de ternura, sino dejar de hacerlo.

Cuando el campo profesional se vacía de afectividad ética, corre el peligro de volverse meramente administrativo.

En mis lecturas y reflexiones sobre la Pedagogía de la Ternura encontré autores como Carlos Cuassianovich, Humberto Maturana, Agustín Barúa y Herman Van de Velde, quienes sitúan la afectividad, la empatía y la cooperación genuina en el centro de los procesos educativos y sociales.

La ternura no es permisividad ni ingenuidad. Es una ética del vínculo que implica responsabilidad.

El verdadero riesgo no es sostener la ternura. El riesgo es ejercer la profesión sin ella.

AC: Después de tantos años de trabajo en estos territorios, ¿qué preguntas siguen acompañándote?

AA: Hay varias preguntas que todavía me habitan.

¿Estamos realmente protegiendo a las infancias o solo administrando vulneraciones?

¿Cómo sostener la ternura sin que el desgaste institucional termine apagándola?

¿Qué significa realmente “estar” para una infancia que ha aprendido a no esperar a nadie?

¿Cómo evitar que un niño o una niña vuelva a decir:

“no se olviden de mí afuera”?

¿Cómo construir espacios socioeducativos donde nadie tenga que sentirse una sombra?

¿Por qué cuesta tanto sacar la intervención del espacio clínico y reconocer la importancia del trabajo sociocomunitario?

¿Por qué las instituciones muchas veces prefieren no ver sus propios puntos ciegos?

Y quizá una de las preguntas más urgentes es esta:

¿por qué hablamos tan poco de la necesidad de cuidar a quienes cuidan?

AC: En tus escritos aparece también una imagen final que resume tu mirada sobre el trabajo social. ¿Cómo describirías hoy ese camino?

AA: Lo describiría como el camino de un educador que sigue buscando sentido.

No es la prisa del activismo lo que lo mueve, sino la reflexión sobre lo que ocurre en los territorios.

En un mundo que premia lo visible y lo inmediato, apuesta por los procesos.

Lo guía una ética del cuidado y de la presencia.

No busca respuestas definitivas.

Su trabajo puede parecer simple, pero no es simplista.

Camina por territorios muchas veces silenciados, acompañando a quienes han sido nombrados como “nadie”.

En su bitácora invisible registra historias de dignidad.

Porque en su pedagogía encubierta la ternura también puede ser subversiva.

Y la esperanza —como recordaba Paulo Freire— no se espera: se busca.

Es la crónica de un Asombrauta que sigue caminando para que nadie vuelva a sentirse sombra.

Alfredo Agüero Garrido

Alfredo Agüero es trabajador social con más de 37 años de experiencia en el ámbito socioeducativo y comunitario. Ha desarrollado su labor principalmente en el trabajo con niños, niñas y adolescentes en contextos de vulneración de derechos, destacando por su compromiso con el bienestar social, la participación comunitaria y la implementación de programas y políticas públicas a nivel territorial. Su trayectoria combina la intervención directa, el diseño de iniciativas sociales y la formación de agentes comunitarios, con un enfoque centrado en la dignidad, los vínculos y la transformación social desde lo cotidiano.

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  • Veed.io ofrece subtitulado, traducción, grabación de pantalla y plantillas de marca. Es apropiado para crear paquetes de noticias pulidos o videos explicativos. Es gratuito en su versión básica y cuenta con planes pagos desde US$12 mensuales.

Generador de voces

  • Play.ht permite generar voces personalizadas con IA que se alinean con la marca o imitan el estilo de un periodista, asegurando una narración uniforme. Ofrece prueba gratuita para probar sus funciones.
  • ElevenLabs brinda síntesis de voz expresiva y de alta calidad, con control sobre tono, ritmo y estilo, ideal para narrativas impactantes o documentales. Gratis para uso básico, con planes pagos desde US$5 al mes.
  • Artlist cuenta con una amplia biblioteca de voces y música de fondo categorizada por género, estado de ánimo y aplicación. Planes desde US$9,99 al mes.

Generación de imágenes

  • Leonardo.ai es excelente para producir ilustraciones realistas, arte conceptual o gráficos noticiosos personalizados con apariencia profesional para noticias de última hora. Gratis para uso básico, con planes pagos disponibles.
  • Ideogram se usa principalmente para logotipos y diseños centrados en texto. Útil para crear logos de programas, títulos de secciones o gráficos para redes con texto personalizado integrado. Gratis para uso básico, con planes pagos desde US$7 al mes.
  • Playground genera imágenes de retratos estilizados y de alta calidad, útiles para ilustraciones de reportajes, reconstrucciones ficticias o arte editorial. Gratis para uso básico, con planes pagos desde US$12 al mes.

Fuente: Crónica Viva

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Reflexiones

Quince años de ÁBACOenRed

Herman Van de Velde, Estelí, 24-02-2026.

ÁBACOenRed, surgido de prácticas liberadoras vividas,
de la cooperación genuina experienciada históricamente,
de una pedagogía crítica que cuestiona, dialoga y propone,
transforma, humaniza, construyendo saberes juntas/os,
en horizontalidad, dignidad y conciencia revolucionaria.

Hace quince años, desde aquel nacer, en 2011,
cuando un curso virtual inició y fue semilla
de sueños compartidos, acompañando el aprender,
ÁBACOenRed encontró su rumbo, construyó caminos,
dejando huellas que nos hacen reflexionar, siempre.

Nos miramos adentro, para andar con paso firme,
divulgando la Visión vital de Cooperación Genuina
con su horizonte claro: transformación constante.
El ambiente, un tejido de confianza y autocrítica,
donde el error es abono y la crítica, caricia que construye.

Desde tierras de una Nicaragua, digna y soberana,
hacia Centroamérica y Nuestramérica entera,
ÁBACOenRed, antes de ser nombre, fue experiencia;
antes de ser red, encuentro; antes de ser horizonte, pregunta,
como quien siembra conciencia y riega esperanza.

Pilares que sustentan, no con rigidez, sino humanos:
el escucharnos, no para juzgar, sino para comprendernos
y descubrirnos como un mundo nuevo y digno.
Y en ese andar, aprender a respetarnos y disfrutarnos,
desde la esencia de una diversidad obvia y necesaria.

Luego vino el compartirnos, sin prisas ni recetas,
la dicha de saberse parte de una misma historia,
con identidad EcoPerSocial, como raíz y como vuelo.
El compromiso brotó, no como una carga,
sino como el fruto tierno de reconocerse.

En el centro un valor que nos sostiene:
la inclusión motivadora, que nunca excluye,
sino que es expresión de solidaridad esencial,
fuerza que convoca, abraza, comparte y transforma.
ÁBACOenRed no es estructura, es tejido vivo.

ÁBACOenRed es comunidad que también aprende,
porque en cada voz que escucha, en cada mano tendida,
en la diversidad que abraza sin fronteras,
sigue creciendo este sueño que nació en Nicaragua
y hoy florece en el corazón de Nuestramérica.

Eres Visión hecha verbo, eres historia, camino y horizonte,
eres una red que nos abraza, un aprender sin fronteras.
Que siga la cosecha, que siga el diálogo en encuentro,
que despierta conciencia y siembra futuro, para ser siendo,
porque en tu andar crece la patria grande que soñamos.

La transformación deja de ser promesa y se vuelve Vida.
Quince años de cooperación genuina, camino y horizonte.
Quince años tejiendo educación alternativa popular
como práctica revolucionaria, pedagogía en movimiento.
¡Felicidades Comunidad socioeducativa “ÁBACOenRed”!