La inteligencia artificial y el facilismo en los trabajos escritos
Iván Montes Iturrizaga * Psicólogo y doctor en Ciencias de la Educación
La inteligencia artificial (IA) está ya presente en todas las universidades peruanas. De eso no hay la menor duda; pues, prácticamente, no existe barrera alguna para acceder gratuitamente a chatbots (que responden preguntas y generan contenidos), tales como ChatGPT, Gemini, Claude o DeepSeek. Pues, ahora, solo hace falta contar con un dispositivo móvil medianamente sofisticado para disfrutar de un sinfín de posibilidades.
Asimismo, hoy en día contamos con aplicaciones que hacen uso de la IA y que sirven para una gran lista de tareas, como la edición de textos, la automatización de procesos, la traducción, la organización de tareas y el análisis de datos, entre muchas otros. Así, se publican todos los días cientos de aplicaciones y herramientas de IA, hasta el punto de que ya nos cuesta imaginarnos un mundo sin estos desarrollos tecnológicos. Es más, los países (como el Perú) cuentan ya con instancias gubernamentales dedicadas a acompañar este cambio paradigmático y a dotar a los ciudadanos de herramientas debidamente probadas.
En el marco de lo señalado en el párrafo anterior, por ejemplo, contamos en el país con la Secretaría de Gobierno y Transformación Digital (SGTD), así como un Catálogo de herramientas de inteligencia artificial y otras agencias interesadas en la socialización relevante con estos desarrollos tecnológicos.
Ya en el ámbito educativo las universidades (y unos pocos colegios) se vienen convenciendo de que la IA está vertebrando la vida de los estudiantes, profesores, gestores y las familias en general. Esto ocurre mayormente en las zonas urbanas, con avance un tanto más lento en los ámbitos rurales. De todos modos, es probable que este despertar institucional (para muchos, tardío) esté motivado por los abusos de la misma por parte de sus estudiantes, quienes vieron en estas plataformas la forma más fácil para cumplir con sus trabajos escritos sin tener que hacerlos ellos mismos.
Por su parte, los profesores (y enseñantes en general) se habrían visto sobrepasados por la avalancha de escritos redactados por la IA y con escasa mediación por parte de sus supuestos autores. En otros términos se produjo una involución académica caracterizada por la ley del menor esfuerzo, la falta a la ética y el interés desmedido por las calificaciones en desmedro del real aprendizaje.
Ante esto, se ha ensayado desde la prohibición —que no ha funcionado por razones obvias— a la adquisición de costosos programas capaces de detectar el plagio, con y sin uso de la IA. No obstante, al poco tiempo aparecieron otras IA que prometían hacer tesis, revisiones de la literatura, artículos publicables y discursos, pero de forma indetectable por los softwares antiplagio.
En este marco, cada día se escuchan más voces que proponen optimizar la manera de encarar pedagógicamente las aproximaciones docentes a propósito de cualquier entregable. Así, dejar consignas claras, evaluar formativamente (retroalimentar) los avances y apelar a lo dialógico, para promover (y explorar) la reflexión en torno a las fuentes bibliográficas, en su relación dialéctica con la realidad misma, se convierten hoy en elementos imprescindibles para enseñar «en positivo» a elaborar cualquier producción escrita. Pues, sin una mirada pedagógica que trascienda el clásico «te asigno un trabajo escrito, me desentiendo y lo presentas al final del período», no estaremos más que promoviendo el engaño en todos los niveles de enseñanza.
Al mismo tiempo, debemos de aprovechar los espacios institucionales en general y cada asignatura para promover una cultura del esfuerzo, el respeto y la verdad. Una especie de cruzada que permita señalar los usos adecuados de la tecnología (en este caso la IA) como herramienta útil para casi todas las facetas de nuestra vida en sociedad, pero con la condición de que el «buen uso» siempre tendría que estar vertebrado por la honestidad, el bien común y el propósito de ser mejores personas para contribuir a la solución de los múltiples problemas que nos aquejan.
En síntesis, en estos tiempos de la IA —en cuanto a los trabajos escritos— que tantos dolores de cabeza nos ocasiona, quizá podamos encontrar respuestas pertinentes no en la tecnología en sí misma, sino más bien en una pedagogía sustentada en evidencia empírica.
* Psicólogo Educacional de la Universidad Ricardo Palma y doctor en Ciencias de la Educación de la PUC de Chile. Es Decano de la Facultad de Psicología de la Universidad Continental.



