CONFORMAR UNA ANTOLOGÍA supone un ejercicio intelectual complicado, estimulante y frustrante a la vez. En la medida que requiere la búsqueda, el escrutinio, el hallazgo, se siente el constante acicate de seguir hacia adelante, hurgando aquí y allá, avanzando en la lectura, tomando notas, contrastando perspectivas y organizando mentalmente la aproximación al tema que motiva la selección. Pero a la vez, a la hora de discernir entre lo primordial y lo accesorio, de tomar esto y dejar aquello, asoma cierto engorro, cuando la dificultad en la decisión de escoger, incluir, priorizar, se impone con reiteración y conduce casi que de modo cíclico a reconsiderar con recurrencia no pocos de los criterios que se habían definido antes. Y sin embargo, la impostergable determinación de los textos a incorporar —atendiendo al imperativo de cumplir un calendario de trabajo y a requisitos indispensables, como la extensión adecuada, el balance temático, la diversidad de miradas, las secuencias temporales—, presiona sobre la decisión acerca de los autores, de los contenidos de los trabajos y la lógica expositiva que estructurará la antología.